viernes, 12 de noviembre de 2010

HERMANOS EN UN MUNDO QUE CLAMA JUSTICIA



HERMANOS EN UN MUNDO QUE CLAMA JUSTICIA




Fray Alexander Hernández 

Somos discípulos y misioneros de Cristo resucitado que inundados con su amor caminamos hacia un mejor mañana. Hoy, después de 35 años de nuestra presencia en estas tierras colombianas, los frailes Menores conventuales, no hemos dejado de soñar y trabajar por la paz y la justicia que tanto grita nuestra patria. Llamados por la Palabra hecha carne, un día decidimos dejar nuestras redes y embarcarnos en el proyecto de la edificación del Reino de Dios, una labor que emana del Evangelio y que nos exige día a día un verdadero proceso de crecimiento en la fe y en la madurez humana.


Hemos sido llamados a colocar una piedra de esperanza en un mejor mañana, una piedra de justicia en un pueblo oprimido por las enormes barreras de clases sociales, una piedra de alegría ante el dolor de la violencia y de la guerra, una piedra de consuelo ante las desgracias de muchas muertes inocentes, pero sobre todo una piedra de vida para resucitar de las muertes de la indiferencia.



Como un discípulo que se impresiona de la grandeza de su Maestro, buscamos nosotros primeramente dejarnos instruir y formar en esta bello arte mediante la oración y la contemplación de la Palabra; estamos convencidos que al venir a trabajar a la viña del Señor, primeramente necesitamos alimentarnos con su Palabra, dejarnos formar por su Espíritu y prepararnos intelectual y espiritualmente para ponernos en camino hacia esta gran labor que nos exige ante todo discernir la voluntad divina. Por eso, nuestros primeros pasos como discípulos franciscanos, es aprender a vivir en humildad, sencillez, amor, paz, alegría y fraternidad.


La formación del discípulo nunca termina, siempre el Verbo está hablando a su corazón; y como quien se ha dejado enamorar por las voces de solfeo, se convierte en misionero de la justicia y de la paz que viene de lo alto. Nadie da de lo que no tiene, sólo llenos de Dios podemos dar a Dios a los hombres, nuestros hermanos; solo si estamos llenos de Dios podemos ir construyendo su Reino, sólo si permanecemos en Dios, podemos con nuestras obras ir mostrando que la salvación está ya en medio nosotros.

Y como, misioneros que van por el mundo sin bastón y alforja, los frailes Menores conventuales hemos poco a poco llegado a algunos lugares de nuestro país que necesitan ser acompañados para recuperar su dignidad de hombres y mujeres, para ser restituidos y reconocidos en este mundo que clama no solo justicia humana sino divina. Así, con este anhelo, hemos puesto nuestra presencia en tierras sucreñas, no por simple beneplácito nuestro sino porque estamos convencidos que ha sido la fuerza impetuosa del Espíritu que nos arrastró hacia Corozal para trabajar entre gente sencilla, pobre, desplazada, maltratada y olvidada.

Hoy, el precio del misionero franciscano conventual desborda por su riqueza, pues ya hemos venido recibiendo nuestra paga con la alegría del niño, con la amabilidad del costeño, con la ternura del joven, con la bondad de estos hermanos; y les puedo asegurar que esta paga es más de lo que se espera.


Nuestro trabajo misionero en medio de estas familias corozaleras, viene enriquecido por el anuncio de Cristo pobre y humilde; llevamos el mensaje del amor mediante la experiencia del compartir y de la vivencia sacramental; anunciamos con nuestro testimonio de vida fraterna, el reconocimiento del otro como hermano.

El anuncio del Evangelio se ve fortalecido con nuestras obras sociales; día a día, bajo la protección de Santa Clara de Asís, hacemos realidad el sueño franciscano; compartimos en nuestra mesa fraterna el almuerzo con 140 niños y 40 adultos mayores; les brindamos a estos niños y abuelos la oportunidad de luchar contra la miseria y el hambre.

Pensando en el mañana de estos niños, acompañamos su formación humana e intelectual, les brindamos espacios apropiados para su refuerzo académico, patrocinio educativo, espacios de sana recreación y una adecuada educación en valores cristianos. Con los adultos mayores, compartimos las ganas de seguir viviendo encontrando en la experiencia de la vida, las maravillas que el Señor ha obrado.


Hemos entendido que vivir el Evangelio, es ponernos en camino tras los pasos del Maestro, tal vez nuestras huellas son pequeñas y los pasos que damos son lentos, pero sabemos que estamos acompañados de la presencia del Resucitado. Seguiremos caminando como discípulos y misioneros de Cristo, tendiendo nuestra mano a quien lo necesite, sólo nos basta, no perder la esperanza de que mañana brillará la justicia del Reino de Dios en nuestra patria colombiana.

Fray Alexander Hernández Blanco











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